EL PALO DE MAYO
La danza del eje
Si el Árbol del Mundo es el símbolo estático del eje cósmico — la estructura que conecta los mundos — el Palo de Mayo es su versión en movimiento, la danza que ocurre alrededor de ese centro. En la tradición mesoamericana, los danzantes se amarran a cintas de colores que descienden desde la cima de una vara alta y giran alrededor de ella en dos direcciones opuestas, entretejiendo y desentretejiendo los colores en un patrón que solo es posible porque algunos giran en una dirección y otros en la contraria. Si todos giraran igual, no habría trenza. La danza requiere la oposición.
El PALO DE MAYO como símbolo captura algo que el árbol estático no puede: que el equilibrio de los opuestos no es un estado que se alcanza y se mantiene sin esfuerzo, sino una danza activa que requiere la participación consciente de ambas corrientes. No es el punto muerto en el centro del péndulo — es el movimiento mismo del péndulo sostenido en su ritmo natural, cada extremo tan necesario como el otro para que la danza sea posible.
Los nadis hindúes — Ida y Pingala serpenteando alrededor del Sushumna — son la versión anatómica de la misma imagen.
Las dos serpientes del caduceo de Mercurio son otra. El Yin y el Yang girando alrededor del centro, cada uno llevando dentro de sí el germen del otro, es otra más. Todas estas imágenes describen la misma realidad: que la vida en su plenitud no es la dominancia de una corriente sobre la otra sino la danza que ambas generan alrededor del eje que las contiene a las dos sin inclinarse hacia ninguna.
Para quien está en proceso de despertar, esta imagen tiene una aplicación práctica que vale la pena hacer explícita: en los momentos de mayor desequilibrio — cuando la oscuridad parece total, cuando la crisis desmantela todo lo construido, cuando la euforia mística hace que el suelo se sienta innecesario — lo que el símbolo recuerda es que ninguno de esos estados es el destino sino un momento de la danza. La corriente que baja es tan parte del proceso como la que sube. El tramo de inframundo es tan legítimo como el de cielo abierto. Y el tronco — el cuerpo, el presente, la vida cotidiana — sigue siendo el punto desde el cual ambas corrientes son navegables.
George Leonard, en The Silent Pulse, lo expresa con una precisión que resuena: el ritmo perfecto no está lejos ni se alcanza con esfuerzo extraordinario — está más cerca de lo que creemos, y lo perdemos más por no prestarle atención que por alguna incapacidad fundamental. La danza siempre está ocurriendo. La pregunta es si uno está consciente de ser parte de ella.
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