LAS NARRATIVAS DE SEPARACIÓN

Relatos que dividen sin elegirlos

Cuando los Romanos necesitaban controlar poblaciones diversas y potencialmente conflictivas, desarrollaron con notable eficacia una estrategia que no requería ejércitos constantemente en batalla: divide et impera, divide y vencerás. La lógica era simple: un grupo que pelea internamente no pelea contra quien lo controla, y mantener a los grupos en conflicto entre sí era mucho más económico y sostenible que la supresión directa.

Esta estrategia no terminó con Roma, se refinó y se sofisticó, y hoy opera con herramientas infinitamente más poderosas que las legiones: narrativas mediáticas diseñadas para activar exactamente la fractura que más vulnerabilidad tiene en cada momento histórico, algoritmos que maximizan el tiempo de pantalla mostrando el contenido que más activa la respuesta emocional — que casi siempre es el que genera indignación, miedo o ira — y sistemas económicos que se benefician de la fragmentación social de formas que raramente se hacen explícitas.

Las NARRATIVAS DE SEPARACIÓN son los relatos que dividen: yo versus el otro, nosotros versus ellos, este grupo racial versus aquel, esta posición política versus la contraria, el mundo espiritual versus el material, el cuerpo versus el alma, lo sagrado versus lo cotidiano. No son simplemente opiniones con las que uno puede estar de acuerdo o no — son marcos estructurales que organizan la percepción desde la fragmentación, de modo que lo primero que se ve al mirar cualquier situación es la diferencia que separa en lugar de la conexión que une, el adversario antes que el ser humano, la amenaza antes que la oportunidad de reconocimiento mutuo.

Lo que hace a estas narrativas especialmente persistentes es que casi ninguna opera únicamente desde afuera: encuentran su sustrato en la ira, el miedo y el dolor que ya existen sin resolver dentro de las personas. La ira que vive en uno sin ser asumida — la que viene de heridas legítimas, de injusticias reales, de necesidades no atendidas — es la energía que las narrativas de separación capturan y redirigen hacia destinos que no tienen nada que ver con la fuente original del dolor. El resultado es que el enojo genuino ante una injusticia real termina alimentando exactamente los sistemas que producen esa injusticia, porque se expresa en la dirección que el sistema señaló como conveniente.

Quejarse y enojarse es natural, sano incluso en su momento, expresarlo sin guardarlo es parte del proceso de no acumular lo que luego explota de formas descontroladas. El problema no está en sentir la ira sino en lo que se hace con ella. Cuando la queja se convierte en el estado habitual sin moverse hacia ninguna acción, cuando la indignación se comparte en redes sociales como forma de participación política real, cuando el señalamiento del mal ajeno sustituye al examen del propio, la energía de transformación que podría generar cambio real se queda girando en el ciclo del problema sin encontrar la salida hacia la solución.

Se reacciona con violencia simbólica ante imágenes de violencia, como si la violencia pudiera contrarrestar a la violencia. Se exige excelencia moral a los gobernantes sin revisar las incoherencias propias. Se comparte el horror sin cuestionarse cuánto de ese horror se alimenta con las elecciones cotidianas de consumo, de atención y de silencio estratégico. Y todo esto sin juzgarlo como falla personal — porque nadie enseña a hacer nada diferente, y porque es genuinamente más fácil seguir navegando en el río de las narrativas disponibles que construir la capacidad de salir a la orilla y mirar desde dónde viene el agua.

La DIVISIÓN CARTESIANA que Descartes instaló en el siglo XVII como fundamento filosófico de la ciencia moderna, esa separación radical entre la mente y el cuerpo, entre el sujeto y el mundo, es quizás la narrativa de separación más fundamental de todas, porque opera tan abajo del nivel de reflexión consciente que parece simplemente "la realidad". Dentro de ese marco, cada individuo es un ego aislado que existe dentro de su cuerpo y que se relaciona con un mundo externo compuesto de objetos separados. Toda la lógica del consumo, de la competencia, del conflicto intergrupal y de la explotación de la naturaleza surge de manera coherente desde esa premisa — coherente hacia adentro de su propio marco, aunque completamente equivocada como descripción de lo que la realidad realmente es.

El antídoto no es otra narrativa opuesta que reemplace a la primera. Es desarrollar la capacidad de ver el agua — de reconocer que uno está operando dentro de un marco narrativo que no eligió y que tiene consecuencias reales sobre lo que puede ser percibido como posible. Y desde ese reconocimiento, comenzar a hacer preguntas que el marco no tiene forma de generar por sí solo: ¿qué estaría disponible si la separación que percibo no fuera tan real como parece? ¿Qué decisiones se abrirían si en lugar de ver al otro como amenaza o competidor lo viera como otra expresión del mismo campo que me constituye a mí?

El mundo que vemos afuera reflejando tanta fractura, tanto conflicto, tanta división no habla únicamente de las fuerzas externas que lo generan, habla también de las partes dentro de cada uno de nosotros que todavía no han sido reconciliadas. Y trabajar esa reconciliación interior, una contradicción interna a la vez, un patrón de separación reconocido a la vez, es la forma más concreta y más radical de dejar de alimentar las narrativas que nos dividen.

No se trata de agobiarse por los males que parecen superarnos. Se trata de tener la disposición de querer elegir diferente — granito por granito, decisión por decisión — cuando realmente nazca por iniciativa pura del corazón, sin el performance espiritual del que hace ver que ya llegó.