MEDICINA MESOAMERICANA
el conocimiento que sobrevivió la conquista
Dentro de la región que hoy llamamos Mesoamérica existieron civilizaciones cuyo entendimiento del cuerpo humano, la naturaleza y sus interrelaciones se desarrolló de forma paralela y, en muchos aspectos, tan sofisticada como cualquiera de las grandes tradiciones médicas de Asia — pero a través de plantas, rituales, símbolos y cosmologías propias que la colonización europea disrumpió de forma brutal, destruyendo la mayoría de los códices y persiguiendo a los depositarios de ese conocimiento hasta reducirlo a fragmentos dispersos que apenas en el último siglo se están reconstituyendo.
Lo que sobrevivió lo hizo gracias a pueblos que transmitieron esos saberes de generación en generación a través del silencio necesario, y a los pocos escritos que los invasores no lograron quemar.
La cosmovisión mesoamericana, compartida con variaciones entre aztecas, toltecas, mayas y los pueblos nativos del norte del continente — veía al mundo como una totalidad interconectada que incluía al cuerpo, la mente y fundamentalmente al espíritu como aspectos inseparables de un mismo sistema vivo.
La enfermedad no era vista como un malfuncionamiento mecánico sino como una aflicción del espíritu, una señal de que algún aspecto del ser había perdido su armonía con los ritmos del cosmos o con su propia verdad interior — y el trabajo del curandero o chamán era precisamente percibir en qué nivel del sistema se había producido la ruptura y facilitar el restablecimiento de su coherencia.
Los médicos chamanes, hombres y mujeres de conocimiento, eran considerados puentes entre lo invisible y lo visible, capaces de acceder al mundo espiritual donde se originan los desequilibrios antes de que se manifiesten en el cuerpo físico, y de actuar desde ahí con las herramientas que cada tradición había desarrollado: plantas medicinales de propiedades bioquímicas y energéticas precisas, técnicas de imposición de manos a través de las cuales los biofotones del curador interactúan con el campo del paciente, ceremonias como el temazcal que trabajan simultáneamente con el cuerpo físico a través del calor y el vapor, con el campo emocional a través del simbolismo del útero-renacimiento, y con el espíritu a través del canto, el copal y la oscuridad que facilitan estados alterados de consciencia.
Los toltecas en particular desarrollaron una comprensión del cuerpo sutil — los Kuekueyo, que entendían como espirales luminosas de transformación y almacenamiento de energía — que corresponde directamente con lo que la tradición hindú llama chakras, sugiriendo que estas percepciones no son construcciones culturales arbitrarias sino observaciones de la misma arquitectura energética del ser humano realizadas de forma independiente en distintos hemisferios del planeta.
Su dualidad de fuerzas — el NAHUAL, lo inmanifesto, lunar, oculto, y el TONAL, lo visible, solar, ordenado — es otra versión del Yin y el Yang, del Ida y el Pingala, del principio femenino y el masculino que el caduceo representa en su danza alrededor del eje.
La palabra "chamán" proviene de la etnia Evenki del norte de Siberia y significa "el que ve o el que sabe" , lo que revela que esta figura no era exclusiva de América sino presente en prácticamente todas las culturas que mantuvieron una relación íntima con la naturaleza antes de que la modernidad la rompiera.
Y lo que el chamanismo en todas sus formas comparte, independientemente de la geografía, es el reconocimiento de que una enfermedad puede indicar el inicio de una transformación espiritual para la persona — quitándole el estigma de maldición y convirtiéndola en oportunidad de crecimiento — y que el curandero genuino entiende sus límites, sabe hasta dónde puede asistir y hasta dónde necesita derivar a otras influencias, en especial a la misma persona y su voluntad personal de sanarse.
Ese conocimiento no desapareció. Está siendo recuperado, reinterpretado y honrado en la medida en que las personas que lo portan reciben por fin el reconocimiento que la colonización les negó.