PRINCIPIOS FEMENINO Y MASCULINO
Las dos corrientes que sostienen todo
Antes de que se volviera un tema de debate cultural sobre géneros e identidades, (debate legítimo en su propio territorio, pero diferente de esto) el PRINCIPIO FEMENINO y el PRINCIPIO MASCULINO han sido categorías cosmológicas que han descrito algo mucho más fundamental que la biología o el género social: dos corrientes de energía universal que se manifiestan en toda forma de existencia, desde el nivel subatómico hasta el cósmico, y que en su danza y equilibrio generan la condición de movimiento que alimenta la vida misma.
El principio masculino — yang en el Tao, Pingala en el sistema de nadis védico, Shiva en el hinduismo, el solar para los toltecas — es la corriente activa, expansiva, caliente, que proyecta, inicia, estructura, ordena y da forma. Es el impulso que mueve, es una fuerza que organiza el caos en patrones, de donde viene tambien la palabra pater, padre. Es la voluntad que se dirige hacia un objetivo, sin él, la energía no tomaría forma ni dirección, solo se dispersaría.
El principio femenino — yin para el Tao, Ida en los nadis, Shakti en el hinduismo, el lunar para los toltecas — es la corriente receptiva, contenedora, refrescante, que acoge, nutre, intuye, conecta y disuelve los límites. Es el campo donde algo puede germinar antes de tomar forma, la inteligencia que siente antes de que el análisis llegue, la capacidad de estar sin necesitar hacer. Sin ella, la energía no tendría dónde anclarse ni cómo regenerarse.
El caduceo de Mercurio es un símbolo que las representa en su relación exacta: dos serpientes que danzan alrededor del eje central sin fusionarse ni separarse, cada una conservando su naturaleza mientras se entrelaza con la opuesta en el movimiento que genera la corriente de vida. Las dos, en tensión productiva, son lo que el símbolo describe que es salud, bienestar, equilibrio. Una sola, dominando sin la otra, produce tipos de desequilibrios que conocemos bien: masculino sin femenino es control sin intuición, acción sin descanso, estructura sin flexibilidad — lo que la modernidad occidental lleva siglos produciendo en exceso. Femenino sin masculino es caos sin dirección, receptividad sin acción, flujo sin forma.
Para el proceso del despertar individual esta comprensión tiene aplicación directa y existen dos conceptos del psicoanálisis Jungiano que son fascinantes para definir esto: El ANIMA principio femenino en la psique masculina, y el ANIMUS principio masculino en la psique femenina, que son las dimensiones del ser que generan la atracción hacia lo que uno no es completamente todavía. Se proyectan en las personas de las que nos enamoramos, en los arquetipos que nos fascinan, en las cualidades que admiramos intensamente en otros sin reconocer que estamos viendo algo de nosotros mismos que aún no ha sido integrado.
La madurez psíquica que influye en el proceso espiritual del alma implica, en buena medida, la integración progresiva de ambas corrientes dentro de uno mismo, no como tarea ideológica sino como proceso orgánico que ocurre naturalmente cuando el trabajo interior avanza. Entender la herida de la madre, del padre, nuestra relación interna con la energía del sexo opuesto, y nuestra relación con la sexualidad son temas que están alrededor de la comprensión del poder de estas dos fuerzas en nosotros y la creación.
En medio de ambas esta el EJE que sostiene — el Sushumna, el tronco del árbol, la vara del caduceo — donde exactamente la tensión productiva entre ambas corrientes se logra integrar y sostener. El centro no elige a ninguna: las contiene a las dos en su movimiento, siendo el punto desde el cual ambas son posibles y ninguna ejerce más poder sobre la otra, y ahí se encuentra la mejor creación de ambas, enseñarnos a tener un eje estable de vida.
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