EL UMBRAL
Entre dos versiones
Existe una fase del proceso de transformación que ningún manual espiritual prepara adecuadamente para habitar y es precisamente la más frecuente y la más larga de todas: el espacio entre el final de lo que uno era y el inicio de lo que todavía no ha tomado forma. No la oscuridad intensa de la NOCHE OSCURA DEL ALMA, que tiene su propia intensidad dramática que de alguna manera es más fácil de reconocer y nombrar.
Este es en parte un territorio más difuso donde la identidad anterior ya no encaja pero la nueva no ha cristalizado todavía, donde las respuestas de antes ya no funcionan pero las nuevas tampoco están disponibles, donde uno está genuinamente entre versiones de sí mismo sin saber exactamente ni cuánto durará ni qué viene después. donde las cosas, personas, gustos de antes aburren, pero a la vez no sabemos que queremos aún. EL UMBRAL es ese lugar.
Y en la mitología universal tiene una figura específica que lo resguarda: el guardián del umbral, el ser que prueba si el héroe está realmente listo para cruzar o si todavía necesita volver y prepararse más. En las historias, el guardián puede ser un monstruo, un enigma, una prueba de valentía o ingenio. En la vida interior, el guardián suele ser el propio miedo a dejar de ser lo conocido antes de saber qué se es en lo desconocido.
El arquetipico chamán de la literatura contemporanea el famoso 'Don Juan' habla dentro del proceso del guerrero que es análogo al viaje del héroe interior del movimiento del "punto de encaje" ese ancla de percepción que la mayoría de las personas sostiene fija durante toda su vida, determinando el filtro a través del cual toda la experiencia es interpretada. Cuando ese punto comienza a moverse, uno no está ni aquí ni allá: está en el proceso mismo del movimiento, que desde adentro se siente exactamente como estar parado en ningún lado.
Por ello también el umbral es un estado de consciencia, una especie de atemporalidad donde se puede estar en todos lados a la vez. Por ello no son estados que pueden llegar a nuestra vida de forma intermitente y constante, puede ser una temporada, a veces larga, de ambigüedad existencial que requiere una capacidad de tolerar la incertidumbre que en si misma es una habilidad de habitar el VACÍO que entrena a la psique a poder desidentificarse mas fácil de las estructuras internas.
La tentación más fuerte en el umbral es la de apresurar la resolución hacia cualquiera de los dos lados — regresar a lo conocido aunque ya no sea verdad, o forzar la nueva identidad antes de que esté lista. Ambas traicionan el proceso. Lo que el umbral pide, aunque sea incómodo, es quedarse en él el tiempo que necesite, sin colapsar hacia ninguno de los dos lados, sosteniendo la tensión de la transición sin resolverla artificialmente.
Lo que hace ese espacio habitable — no cómodo, sino habitable — es alguna forma de referencia que ancle sin cerrar: una práctica contemplativa, una guía de confianza, la claridad de que lo que se está viviendo tiene un nombre y una lógica y que otros lo han atravesado antes. No como garantía de que todo saldrá bien de una forma particular, sino como la certeza suficiente de que la desorientación del umbral es parte del proceso y no su fracaso, y aquí es donde entra el CORAZÓN como ancla.
Al otro lado del umbral no espera la perfección. Espera la siguiente versión de uno mismo que, como todas las versiones anteriores, también tendrá sus propias limitaciones, sus propias cosas que integrar, sus propias capas que trabajar. Lo que cambia después del cruce es la relación con ese proceso: ya se sabe, desde la experiencia directa, que se puede cruzar.