LA NOCHE OSCURA DEL ALMA
El descenso que precede al regreso
San Juan de la Cruz el poeta místico en el que esa frase está acuñada. escribió sobre algo que a veces se parece a una crisis existencial desde afuera pero que en realidad es algo mucho más profundo que ello, una experiencia que él conoció en carne propia durante los meses que pasó encarcelado en un sótano oscuro y húmedo en Toledo, en 1577, y que en lugar de producir amargura produjo algunos de los poemas más luminosos del misticismo occidental, y lo llamó la noche oscura del alma. La profundidad de lo que eso representa la podemos imaginar como el proceso por el cual la consciencia, en su viaje de regreso hacia su propio origen, debe primero reconocer su falibilidad, y la fragilidad que genera ir perdiendo la imagen, sostén y seguridad que le hacían sentir segura.
LA NOCHE OSCURA DEL ALMA no es precisamente una depresión o tristeza profunda, aunque puede producirla, no es crisis nerviosa, aunque puede coincidir con una; no es nihilismo, aunque en sus momentos más intensos puede sentirse así; son etapas del viaje interior donde tenemos que enfrentar nuestros dolores y miedos más profundos, porque las estructuras que sostenían la identidad conocida colapsan antes de que nuevas hayan tomado forma, dejando al nuestro ser en ese espacio de tierra de nadie donde ya no es lo que era y todavía no sabe qué será, un estado de vulnerabilidad similar a cuando somos bebés pero con el entendimiento que no teníamos.
Cuando nacemos llegamos con una inteligencia energético-espiritual intacta, sin capas de condicionamiento que la filtren, sintiéndonos uno con todo porque no hay todavía un "yo" separado que esté experimentando al mundo como distinto de sí mismo. A medida que crecemos, esa unidad original se va cubriendo de capas — las etiquetas de identidad que el entorno requiere, los roles que el sistema social exige, los mecanismos de protección que se desarrollan en respuesta a lo que duele, los acuerdos sobre quién se puede ser y quién no. Todo eso es inevitable y en buena medida adaptativo. El problema llega cuando esas capas se consolidan de tal forma que la inteligencia original queda enterrada debajo de ellas sin que nadie recuerde exactamente cuándo ocurrió.
Las heridas que no se procesan en su momento — el abandono físico o emocional, los traumas de la infancia, las dinámicas tóxicas que dejaron su huella antes de que hubiera criterio para interpretarlas — son esas capas que se van depositando en el subconsciente, donde no desaparecen sino que se integran a la estructura de la psique como patrones que operarán desde las sombras durante el tiempo que las dejemos, en las elecciones de pareja que replican dinámicas conocidas aunque dañinas, en las respuestas compulsivas ante ciertos estímulos, en las narrativas sobre uno mismo que limitan más de lo que protegen.
LA NOCHE OSCURA DEL ALMA también es el momento en que esas capas empiezan a ceder, generalmente detonado por algo que la vida pone en el camino con el timing exacto para sacudir lo que no podía seguir siendo sostenido: una pérdida, una crisis de salud, una ruptura, o simplemente el agotamiento acumulado de mantener en pie una versión de uno mismo que dejó de ser verdadera hace tiempo pero que nadie se había atrevido a cuestionar del todo.
El alquimista lo llamaba nigredo la fase de putrefacción donde la materia prima debe descomponerse antes de poder ser transformada. Jung lo describía como el enfrentamiento con la sombra, el momento en que los contenidos del inconsciente comienzan a subir a la superficie con una presión que ya no puede ser ignorada. San Juan lo vivió en un sótano. Cada quien lo vive en su sótano particular.
Lo que hace la diferencia entre esta experiencia y una crisis sin sentido es el marco desde el cual se la habita. Dentro de un marco de comprensión, la oscuridad tiene propósito, es el proceso de limpieza que precede a la apertura, el espacio donde lo viejo termina de disolverse para que lo nuevo tenga dónde emerger. Ese marco no elimina el dolor ni lo hace más corto, pero cambia la relación con él: de amenaza a proceso, de ruptura a umbral.
El alma, en esa oscuridad, está haciendo exactamente el trabajo para el que vino.
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