LA DIVISIÓN APRENDIDA

Cuando la definición nos atrapó....

En el siglo XVII, René Descartes tomó una decisión filosófica que parecía razonable para su época donde la superstición reinaba pero cuyas consecuencias se han extendido durante cuatro siglos sobre la manera en que occidente entiende el cuerpo, la mente, la naturaleza y el lugar del ser humano dentro de la realidad. Esa decisión fue trazar una línea divisoria entre dos reinos que declararía separados e independientes: la mente — res cogitans — y la materia — res extensa. Con esa línea partió al ser humano en dos y declaró a la materia como algo muerto, completamente separado del observador, susceptible de ser estudiado, diseccionado y eventualmente dominado sin que eso implicara ninguna responsabilidad particular hacia ella.

Su famosa sentencia: "Cogito ergo sum", pienso luego existo, ancló la identidad del ser humano occidental en el pensamiento, no en el organismo completo, produciendo como consecuencia natural que la mayoría de las personas comenzaran a experimentarse como egos aislados que existen "dentro" de sus cuerpos en lugar de como cuerpos que piensan. La mente fue separada del cuerpo y asignada a la tarea de controlarlo, generando ese conflicto aparente entre la voluntad consciente y los impulsos involuntarios que aún hoy se manifiesta como el mandato cultural de superar las emociones, desconfiar del instinto y someter la experiencia sensorial al juicio racional.

Lo que el físico Fritjof Capra documentó con precisión en su análisis de esta herencia en el Tao de la Física, es que esa fragmentación interna se replicó hacia afuera en la forma en que occidente percibe su entorno: el mundo natural tratado como colección de partes separadas que existen para ser explotadas por distintos grupos de interés, las sociedades divididas en naciones, razas y grupos religiosos y políticos que compiten por recursos escasos, y la creencia de que todos esos fragmentos — en nosotros mismos, en nuestro entorno y en nuestra sociedad — están realmente separados entre sí siendo considerada, con razón, la razón esencial de la serie de crisis sociales, ecológicas , culturales y espirituales que definen este tiempo. Nos separó de la naturaleza, del espíritu y de nuestros congéneres. Generó una distribución enormemente injusta de recursos y una ola creciente de violencia, espontánea e institucionalizada.

Lo fascinante y esperanzador del momento que vivimos es que la ciencia del siglo XX, que nació dentro de la división cartesiana y que solo fue posible gracias a ella, está ya en procesos de superarla. La física cuántica con su demostración de que el observador afecta lo observado, la biofísica con sus campos morfogenéticos y biofotones, la neurociencia cardíaca con la inteligencia del corazón — todos apuntan hacia el reconocimiento de lo que las filosofías orientales y los misticismos occidentales nunca abandonaron: que la realidad es una red de relaciones, no una colección de objetos; que la consciencia no es un producto del cerebro sino una cualidad del universo que se manifiesta a través de él; y que la separación que percibimos entre nosotros y el resto de lo que existe es una construcción conceptual útil para ciertos propósitos pero fundamentalmente ilusoria como descripción de la realidad.

Las filosofías orientales, el hinduismo, el budismo, el taoísmo comparten en sus diferencias un núcleo común: la UNIDAD básica del universo como hecho fundamental, y la meta de llegar a ser conscientes de esa unidad e interrelación de todas las cosas, trascendiendo la noción de ser un individuo aislado para identificarse con la realidad en su totalidad. Lo que en esas tradiciones se llama iluminación no es un estado místico accesible a unos pocos sino la experiencia directa de lo que la física moderna está describiendo con ecuaciones: que somos campos de energía interconectados dentro de un universo que es, en su raíz, VIBRACIÓN, relación y movimiento continuo.

La línea que Descartes y la era de la razón trazaron siempre fue una convención.

El trabajo del despertar, en buena parte, es aprender a verla como tal no a tomarla como una regla incuestionable, sino entenderla como una etapa de comprensión de las partes.

Consparanoia · La Programación