LA PROGRAMACIÓN

El agua en que nadamos sin saberlo

Existe un experimento mental que produce incomodidad casi universal: intentar rastrear el origen de las propias convicciones más arraigadas, no las que uno ha elegido conscientemente a través de la reflexión y la experiencia directa, sino las que simplemente están ahí, operando como verdades de fondo que nadie recuerda haber decidido adoptar. De dónde viene la certeza de qué tipo de trabajo es respetable y cuál no, qué aspecto debe tener el éxito para ser reconocido como tal, qué está bien comer y qué no, a qué tipo de personas se puede confiarles poder y autoridad y a cuáles no, qué es sagrado y qué es superstición.

Si uno sigue esas convicciones lo suficientemente atrás en su historia personal, casi inevitablemente llega a un punto donde no hay elección — hay simplemente el ambiente en el que uno creció, la cultura que respiró como el agua que rodea al pez, las voces de las personas que tenían autoridad sobre la vida cuando uno todavía no tenía criterio propio para cuestionarlas.

Eso es la PROGRAMACIÓN en su definición más precisa: el conjunto de patrones de pensamiento, creencia y conducta que se instalaron antes de que existiera la capacidad de elegir si instalarlos o no. Y decir que los patrones se "instalaron" no implica necesariamente un acto malintencionado de alguien — la mayoría de la programación más profunda fue transmitida por personas que genuinamente creían en lo que transmitían y que a su vez lo habían recibido sin cuestionarlo. Esa es precisamente la característica que la hace tan persistente: se hereda como se hereda el idioma, sin que nadie firme un contrato.

La RESONANCIA MÓRFICA que Sheldrake describe opera aquí en su dimensión más cultural: cada patrón de comportamiento que una cantidad suficiente de personas sostiene se vuelve más accesible para todos los miembros del grupo, rebajando la resistencia del campo hacia esa conducta y haciendo que parezca "natural", "normal" u "obvia" cuando en realidad es simplemente frecuente. Así es como las normas culturales más absurdas pueden mantenerse durante generaciones sin que casi nadie cuestione su fundamento: porque la pregunta misma — ¿por qué hacemos esto así? — rara vez ocurre cuando todos a tu alrededor lo hacen de la misma manera y nadie parece cuestionarlo.

Hay un ejemplo particularmente concreto de esto que aborda esto sobre la mesa con toda su carga de incomodidad: la relación con el consumo. Compramos en las mismas tiendas de siempre por comodidad, porque están cerca, porque "no hay de otra". Usamos las mismas marcas que hay en todas partes, que nos venden y bombardean por doquier como las mejores. Pero rara vez nos tomamos el tiempo de pensar más allá de los motivos detrás de cada elección que tomamos por sentada. Con un botón hay luz, abriendo el grifo hay agua, bañarse con agua caliente todos los días es incuestionable — y casi nunca nos preguntamos qué tiene que suceder, qué estructuras de extracción y explotación tienen que operar, para que eso sea posible.

¿Sabes quién te alimenta, de dónde viene tu comida, quién te viste? ¿Bajo qué intereses están las noticias que escuchas, el dogma que crees, la formación que recibiste? Estas preguntas no son cómodas — y esa incomodidad ya es información relevante sobre dónde opera la programación más sólida. Porque el 90% de nuestro dinero se va a los bolsillos del mismo puñado de corporaciones que no tienen ningún interés genuino en nuestro bienestar, aunque sus campañas publicitarias sean maestras en simular exactamente eso. Y esas corporaciones alimentan los bolsillos de los sistemas de poder que se quejan con razón pero se mantienen con las mismas acciones cotidianas que se repiten sin cuestionamiento.

La cuestión no es generar culpa — que es otro mecanismo que mantiene a la gente inmóvil, ahora desde el autorrechazo en lugar de la ignorancia — sino despertar la pregunta real: ¿a quién le cedes tu poder? ¿En qué inviertes tu energía, tus pensamientos, tu tiempo, tu dinero? ¿Quién toma las decisiones de tu día a día que terminan por seguir alimentando lo que te tiene harto? Creemos que somos libres porque elegimos lo que queremos comer, hacer, trabajar o vivir — pero qué tanto de esas opciones son alternativas impuestas por otros, filtradas por intereses que nunca examinamos porque ir en contra del statu quo requiere un tipo de energía que nadie nos enseñó a usar.

Lo que hace a la programación particularmente difícil de ver no es su malicia sino su invisibilidad. Como el pez que no sabe que está en el agua, uno no nota los patrones que simplemente son "la forma en que son las cosas" hasta que algo los hace visibles — una crisis, un encuentro con una perspectiva radicalmente diferente, o simplemente el momento en que uno se sienta en silencio el tiempo suficiente para escuchar las preguntas que la actividad constante mantiene a distancia. El primer paso no es cambiar todo de golpe — es aprender a ver el agua.

Porque una vez que se ve, la pregunta ya no puede ignorarse, y desde ahí, las elecciones que se toman — aunque sean pequeñas, granito por granito, decisión por decisión — llevan la firma de alguien que está despierto en lugar de alguien que simplemente está siguiendo el programa.

La División Aprendida · Espejo Social